martes, 1 de octubre de 2013

Con Manuel Pérez Vargas en Tijoco de Arriba


 
  Manuel Pérez. Tijoco de Arriba, 2006
Nuestra cultura tradicional se aprende con personas como Manuel Pérez Vargas, que atesoran lo que la naturaleza le fue enseñando a lo largo de una vida dedicada a los quehaceres del campo. Manuel Parranda, cuyo nombre y apodo le proviene de su padre, Manuel Pérez de León, reconocido cabrero de este Sur, que al igual que su madre, Ursula Vargas Morales, eran naturales de la Vera de Erques, Guía de Isora, y en cuyo lugar también nació nuestro protagonista, en el frío del mes de febrero de 1925. Sus padres trabajaban con la empresa Fyffes, cuidando un rebaño de vacas, hasta que el año de 1936 las sustituyeron por una manada de cabras. En esos años compaginaban su estancia entre El Almácigo y El Bebedero. En invierno estábamos aquí abajo, en El Almácigo, y después cuando llegaba el mes de febrero, primeros de marzo nos díamos parriba, pal Bebedero, y estábamos allarriba hasta el mes de junio, primeros de julio, entonces ellos se marchaban pabajo, mi madre y mi padre y las cabras quedaban allarriba. La cabras las traíamos pabajo ya cuando los tiempos refrescaban, en septiembre, octubre, entonces ya las bajábamos paquí pal Almácigo.
Sus padres estuvieron en esta zona una larga temporada, y como siempre las edades son un buen punto de referencia para ubicarse en el tiempo y en el espacio, en este caso la guía es el benjamín de los siete hermanos; el más pequeño cuando fueron al Almácigo tenía tres meses y salió de veinticinco de ahí. Al dejar sus padres el cuidado de esta manada, la continuó Manuel durante unos cuatro años más. En 1953 se casó con Pascuala Rivero Fraga, fallecida hace casi cinco años; hija de otro cabrero que estuvo por esa zona, Manuel Rivero Martín, que se encontraban en esos años en Pino Redondo.
La década de los años cincuenta no son años de bonanza en las Islas, intenta su aventura en Venezuela, donde estuvo 16 años, y de donde regresa en 1972. Se plantea algunos negocios pero decide volver a los orígenes, al cuidado de otra manada de cabras. En este caso en Tijoco de Arriba, en Adeje, en cuyo lugar reside en la actualidad. Comienza con diez cabras, para ir creciendo en número, hasta dejarlas definitivamente, “en el noventa ya las había quitado, cuando las vendí tenía setenta y cinco nada más, porque esto es reducido, no podía tener muchas.

  Manuel con juguete que elaboró con maguén de pitera y pintado
Con los relatos de Manuel recorremos las medianías de Guía de Isora y Adeje, andamos por sus veredas aprendiendo cada una de las piedras que las jalonan. Con sus cabras transitó por Vera de Erques, su lugar de nacimiento; El Almácigo, en donde se crió; El Bebedero, zona a la que se trasladaban en los inviernos y primavera; o la parte alta donde pasaban las noches varias manadas de Fyffes. Veces de noche dormían juntas las tres manadas que había áhi, allá donde le dicen el Monte de las Goteras, del Llano Negro parriba, dormía el ganado áhi, por la mañana bajaban de arriba y venían pacá. Entonces las del Pino Redondo se quedaban allí, las mías bajaban pabajo y las de Antonio Hernández bajaban palla, pabajo. Manuel subía hasta Los Filos, por la zona de El Colorado, el Tiro del Guanche, Boca Tauce o Chabao.
En su infancia y juventud se trabajaba de lo que surgiera, si hacía falta cuidar las cabras, sembrar papas, segar cereales o secar higos de leche. Y como resaltó, siempre en labores con su familia o por su cuenta, yo tengo ochenta y uno año y no ha trabajado con nadie de peón, todo lo que ha trabajado ha sido por mi cuenta, estuve en Venezuela, todo lo que trabajé allá lo trabajé por mi cuenta y aquí tampoco.
Fueron años de penurias, en los que cada hogar resistía con lo que se le extraía a la tierra, pero como recuerda Manuel en su casa los pasaron con trabajos pero con sus necesidades básicas cubiertas. Nosotros en esa época, arreglado a la situación que había y la gente como vivía, nosotros teníamos un bienestar áhi, teníamos un bienestar porque no trabajábamos con nadie, teníamos que comer, no cosas buenas ni mucho menos pero no nos faltaba la comida. Pasábamos higos, recogíamos grano. Todos esos morros los sembrábamos de trigo, mi suegro allá en el Corral llegó a coger sesenta y tres fanegas de trigo, no son tres granos, trigo bueno, y no teníamos hambre como pasaba toda la demás gente aquí.
Momentos en los que se aprovechaban todos los recursos, como los frutos de la higuera, que se consumían en fresco o pasados, recurso imprescindible para pasar los fríos meses que se avecinaban. En ese tiempo un higo que estaba allarriba se le tiraba una piedra, no es como hoy que se pudren áhi y nadie los mira, hombre por dios. Eso era una comida muy sana, muy saludable y muy buena. Esté salía de madrugada o iba pa la cumbre, se llevaba unos poquitos de higos y un pedacito de queso, si tenía, y estaba comido tranquilo todo el día, como hubiera agua cerca donde beber, ya estaba.
A Manuel también le tocaba comercializar el queso que les correspondía de la medianería. Nosotros teníamos la mitad y Fyffes tenía la otra mitad, lo pesábamos en Icerce, estaba el encargado. Cargábamos las bestias cada medianero, lo traíamos aquí, lo pesábamos y Fyffes se quedaba con su parte y nosotros nos llevábamos la nuestra y entonces nosotros lo vendíamos pa Guía, pa Adeje, yo iba vendiendo queso hasta Chío. Eran quesos de buen tamaño, de unos diez kilos, que hacía su madre, como marcaba la tradición, con el cuajo obtenido del estomago del cabrito, ya seco. Para venderlo, que en los años cuarenta su precio rondaba las veinte pesetas el kilo, había que recorrer los pueblos vecinos. El queso en esa época era también un problema pa venderlo, había mucho ganado, mucho queso, aunque se vendía más queso en esa época que hoy. Con gran competencia por las manadas que existían en la zona, pero con la ventaja de la reputación que poseían los quesos de los alrededores del Pino Redondo.
El queso era otro de los alimentos imprescindibles en la dieta, no sólo de los cabreros. En su casa siempre se guardaban algunos para el verano, cuando las cabras ya no daban leche. Había que almacenarlos en optimas condiciones, mi padre cuando llegaba el mes de mayo dejaba siempre tres quesos pa guardar, pa la casa, pero los quesos eran así, y cuando se curaban los garraba y los mandaba en el cajón del trigo, eh, eso cuando se sacaba, eso era mantequilla.
Manuel llevó la vida reflejada en su rostro, por sus huellas se condensa el saber aprehendido a través de la tradición oral, la de su entorno, esa que ha sabido optimizar los recursos, extraerle el máximo posible a cada una de las labores encomendadas, ya fuese la siembra de cereales, cuidar de los animales, secar la fruta leche o alargar la vida a los alimentos. Pero además Manuel supo transmitir esos conocimientos, que no se hundan en el olvido, y lo hizo con la paciencia y el conocer de primera mano de lo que relata.




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