jueves, 20 de julio de 2017

Pito o flor seca del higo pico


Pito o flor seca del higo pico


Pito o flor seca del higo pico, que además de su utilidad en infusión o agüitas, refrescantes, para enfermedades relacionadas con el riñón, fue recurso de alimentación de cabras y cochinos. Tal cual lo relató Encarnación García Toledo [Buzanada, Arona, 1926-2006]: Que no había que echarles que comer sino pencas y esas cosas, no como ahora que hay de todo, sino cogíamos la flor de los higos, y eso se le guisaba, cuando se seca la flor en los higos, eso se le guisaba. Unas veces secos, otras veces pues se le guisaba con un cuero papas, si había que tampoco había, con una penca, y eso así. Siempre cogiendo pitos en los pencones por el tiempo cuando los higos se florecían y se secaban. Aquellos pitos pa criar los cochinos, se ponían, ay que bien gordos, y pa las cabras.

Fotografía: Chirche, Guía de Isora, 2013

jueves, 13 de julio de 2017

Cruz en La Centinela. Década de 1950

Cruz en La Centinela. Década de 1950

La Cruz de La Centinela, en los límites de los Municipios de Arona y San Miguel de Abona, se colocó alrededor de 1940, cuando el párroco José Flores ejercía en San Miguel, en el mismo lugar donde ya existía desde tiempo atrás una pequeña cruz, de la que creemos es el larguero vertical que se aprecia en esta imagen. Este párroco fue el que solicitó a Constanza Gómez Rodríguez, abuela de Esther Díaz, quien facilitó esta información, una cumbrera de la casa que poseía en la calle Guzmán y Cáceres de San Miguel. Con ella el carpintero del Valle de San Lorenzo, Nicolás Díaz, que en esos momentos tenía su carpintería en San Miguel, construyó la gran cruz que representa el punto de encuentro para la peregrinación, después romería, de la festividad de Fátima, y que se inició en mayo de 1950.


Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Llanoazur ediciones

sábado, 8 de julio de 2017

VILAFLOR. Poema de Luis Rodríguez-Figueroa. 1934



VILAFLOR
Poema de Luis Rodríguez-Figueroa. 1934

Cual sumo sacerdote de la vida,
prodigando a raudales su tesoro,
cubierto con dalmática de oro,
remonta el sol su elíptica encendida.

Con el azul del cielo en pleno estío
el verde oscuro del pinar contrasta,
y rotunda, triunfal, áspera y vasta,
la cumbre acusa su perfil bravío.

Un perfume heteróclito y espeso
se difunde en el aire y lo embalsama,
el de la blanca flor de la retama
y la flor amarilla del codeso.

Encaramado sobre un morro ingente,
acucia con insólitas palabras
al díscolo rebaño de sus cabras
algún pastor de recio continente.

Bajo el beso de luz del mediodía
relumbra el mar lejano y se estremece,
mientras en la ribera se adormece
al compás de su propia sinfonía.

Rincón de ensueño, placidez e idilio,
donde entre pinos se desliza el viento
remedando con blando arrobamiento
las rítmicas endechas de Virgilio.

Y oculto en los repliegues del paisaje
blanquea el caserío, aletargado
lo mismo que un lebrel que se ha extraviado
y se tiende a dormir entre el follaje.


Luis Rodríguez Figueroa, abogado, escritor y político republicano [Puerto de la Cruz, 1875 – 1936]. Colaborador de revistas literarias y periódicos como Hespérides, Gente Nueva, La Tarde y La Prensa, utilizando en ocasiones el seudónimo de Guillón Barrús. Fundador de la revista Castalia. En 1901 publica su primera novela El cacique, en la que se denuncia del caciquismo imperante en las Islas. Asimismo publicó diversos poemarios, como Preludios, 1898, El Mencey de la Arautapala, 1919, o Banderas de la democracia, 1935.

miércoles, 5 de julio de 2017

Eleuteria García Díaz o la sabiduría anudada a la mar


Eleuteria García Díaz. La Caleta, 2008

Eleuteria García Díaz nació en 1922, en El Médano, Granadilla de Abona, pero la mayor parte de su vida la pasó en La Caleta, Adeje, dedicada a la venta de pescado. Hija de otra vendedora, Corina Díaz Arbelo, y del pescador Agustín García Pérez, y como otros miembros de su familia, su memoria recorre diversos pagos costeros, El Médano, Tajao, donde residió con sus padres y sobre todo en La Caleta, donde se estableció al casarse, a la edad de 22 años, con el pescador Juan García Hernández, más conocido por Antonio. Yo vendí más pescado después de casada, soltera poco vendí.
Eleuteria García ilustra las dificultades que se encontraban para subsistir en este inhóspito Sur, las vicisitudes por las que se pasaba para, entre otras muchas necesidades, abastecerse de agua. El agua pa tomar nos la mandaban en la guagua, a una mujer le dábamos un pescadito, mandábamos los barriles, de esos barriles que vienen, medias barricas, las arreglaban en Los Cristianos pa dejarlas más estrechas, los barriles de aceitunas, las mandábamos parriba, vacías, en la guagua de don Pepe en paz descanse. Veces veníamos aquí creídas que el agua había venido en la guagua, ellos se encargaban de cogerla allá y se pagaba, a lo mejor media peseta por traerte el barril de agua. Y cuando una vez llegué aquí y no tenía agua, porque se llevaron la barrica y ella fue a buscarla y no encontró la barrica. Era tía de Lola, mi cuñada, pues no nos mandó el agua. Y digo: ah ¿y ahora sin agua?, ni fisco de agua. Era cuando los bernegales. Digo: deja ver ahora pa hacer de comer y pa todo. Soltar la cesta y tener que ir allá a la Casa del Duque, por la parte arriba había una charca y había una llave que venía agua limpia y allí, porque no dejaban coger y allí íbamos a escondidas a llenar los cacharros pa poder traer un fisco de agua.
A la venta del pescado se iba a pie, y se iba hasta con la ropa de lavar, para lo cual se iba al barranco, mientras se mantuviese las escorrentías; eran momentos para el lavado, sobre todo, de las ropas grandes, sábanas, mantas, etc.; o a la atarjea. Algunos de estos momentos lo ilustra Eleuteria, quien solía ir a lavar en días de lluvia al Barranco de los Morteros, pero lo frecuente es que llevara la ropa cuando iba a vender el pescado y antes de regresar la limpiara en las aguas que corría por atarjeas de riego. Cuando no llovía teníamos que llevar la ropa sobre el pescado, en las talegas que se hacían antes pal azúcar, pal gofio y pa todo eran talegas porque no había papel, entonces te despachaban en esas bolsitas que hacías de tela. Y me acuerdo que teníamos que llevar la ropa en esas talegas, hoy una poquita, mañana otra poquita, si tenías sucia, todos los días que ibas la llevabas, cuando terminabas de vender pescado pasabas por las tarjeas que corría el agua pa regar las huertas y eso y allí lavábamos. En Adeje lavábamos donde estaba García Jorge y cuando no íbamos al molino allarriba, cuando no, había agua por aquí teníamos que ir allarriba
Aún encontrándose construida la pista de Adeje a La Caleta, Eleuteria prefería caminar por un viejo camino por el que transitaron todas estas mujeres que partían desde La Caleta. Ya estaba la pista hecha pero subíamos por el camino, cuando salíamos aquí había un morrito que le decían el Morro de los Novios, eso está virado de patas, después, por donde están los invernaderos le decían el Tablero, después lo que le decían La Fuentita, que era un morro que había que subir una cuesta. Después salíamos por allí parriba y llegábamos a Los Olivos, de Los Olivos pa Adeje, a vender pescado en Adeje.
También llegó a ir a los municipios de Arona y de Vilaflor. Hacía Arona partía por el antiguo camino que transcurre por el sur del Roque del Conde y a Vilaflor por el que parte de Fañabé hasta Ifonche. Íbamos hasta Vilaflor, de aquí caminando. A todos esos sitios íbamos, donde creíamos que podíamos venderlo porque siempre en Adeje, todos los días no puedes ir, porque no lo vendías.
Las dificultades por las que pasaban estas mujeres lo ilustra la narración de Eleuteria García, cuando embarazada de su segunda hija, a comienzo de la década de 1950, se traslada al Municipio de Adeje en compañía de otra pescadora, Francisca Martín, Frasca. Yo en estado de la segunda y tenía por lo menos seis meses o más, y me acuerdo que fuimos con pescado salado que le decíamos, abierto, con caballas, morenas y pescado dese así, y hacía poco que había llovido y fuimos a Taucho, a La Concepción y nos anduvimos todo aquello vendiendo pescado. Te daban papas, higos pasados, te daban carne cochino, cambiando, morcillas, calabaza y cosas desas. Por todo lo que te daban de esas cosas tenías que cambiarlo porque no había dinero, raro la que te pagaba con dinero.
Donde encontrábamos un altito pa poder descansar, allí nos ayudábamos una a la otra, poníamos las cestas allí, allí descansábamos un fisquito. Yo de firmarme las piernas, porque tenía miedo de caerme, de firmarme, cuando llegué a mi casa estuve dos días acostada, de los muslos abiertos.
Eleuteria se inició como pescadora, como otras tantas mujeres en este Sur que se dedicaron a esta sacrificada labor, a temprana edad, acompañando a su madre desde los 9 o 10 años, y cuyas labores realizó hasta mediados de la década de 1960 cuando ya contaba con 43 años. Además de las labores de la casa, en su lucha diaria por encontrar la subsistencia, se añadían otros múltiples quehaceres, desde el marisqueo, el raspado de la sal o el cuidado en los cultivos de tomates.
Su pausada voz nos abandonó en 2011, nos dejó un inmenso bagaje de experiencias, de esa sabiduría que se adquiere de la naturaleza y que se enriqueció por los testimonios de sus antepasados. Unos recuerdos anudados a la mar, que fluyeron al ritmo de su vida, al ritmo que le tocó marcar en una dura vida. En sus conversaciones doña Eleuteria se abstraía en sus recuerdos, eran momentos de sosiego, en los que describía sus vivencias con tanta humildad que contrastaba con la grandeza de lo que narraba.


Documentación: BRITO, Marcos: Pescadoras, marchantas o barqueras. Vendedoras de pescado en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones